Laleh Bahari – Analista de Asuntos Internacionales
Si el siglo XIX fue la era de los imperios coloniales y el siglo XX la era de la hegemonía militar de Estados Unidos, el siglo XXI probablemente estará definido por un tipo diferente de competencia. Esta competencia se basará menos en la conquista territorial o la expansión de bases militares y más en el dominio sobre la tecnología, los datos, los estándares globales, las cadenas de suministro y las instituciones de gobernanza internacional. En el centro de esta transformación se encuentra China; un país que, en lugar de reemplazar directamente a Estados Unidos, busca reescribir las reglas sobre las que se rige el orden global.
Muchos análisis todavía interpretan la rivalidad Washington-Pekín como una nueva guerra fría; sin embargo, esta interpretación pasa por alto parte de la realidad. China está menos interesada en destruir el orden existente que en transformarlo gradualmente desde dentro. Pekín busca crear una red de dependencias económicas, tecnológicas e institucionales en las que la influencia política se ejerce no mediante el poder duro (hard power), sino a través del control de la infraestructura global. Por lo tanto, el orden deseado por China debe entenderse menos como un proyecto militar y más como un proyecto de reconfiguración de la gobernanza global.
La tecnología, el pilar central del poder chino
La distinción más importante entre la estrategia de China y la de las potencias tradicionales radica en el papel de la tecnología en su política exterior. Mientras que las potencias clásicas situaron las industrias militares en el centro de su superioridad, China ha convertido la inteligencia artificial, los semiconductores, la computación en la nube, las comunicaciones de nueva generación, los macrodatos y la biotecnología en elementos fundamentales del poder nacional.
Hoy en día, la competencia estratégica sobre la tecnología ya no es meramente una competencia económica; es una competencia por definir las reglas futuras del mundo. Un país que pueda establecer estándares técnicos para la inteligencia artificial, la infraestructura digital o las redes de comunicación dará forma en la práctica a parte de las reglas de gobernanza global.
Dentro de este marco, Pekín ha realizado inversiones masivas en el desarrollo de inteligencia artificial, centros de datos, computación cuántica e investigación científica. El extenso papel de la Academia China de Ciencias en la vinculación de la investigación, la industria y la formulación de políticas también demuestra que el Estado considera la ciencia no como un dominio académico, sino como un instrumento de competencia geopolítica.
De la Ruta de la Seda a la gobernanza digital
En la última década, la Iniciativa de la Franja y la Ruta ha sido el símbolo más importante de la política exterior china; sin embargo, este proyecto ha entrado ahora en una nueva fase. Mientras que en el pasado el enfoque estaba en la construcción de puertos, ferrocarriles e infraestructura física, la nueva versión de esta estrategia se centra en la infraestructura digital, las economías impulsadas por datos, las redes de comunicación y los servicios inteligentes.
China ha reconocido claramente que controlar el futuro de la economía global no se puede lograr únicamente mediante la posesión de puertos o rutas marítimas. Lo que importa más es el control sobre los estándares técnicos, los sistemas de pago, las plataformas de IA, los servicios en la nube y las redes de transmisión de datos.
Por esta razón, muchos países en desarrollo hoy en día no compran principalmente equipo militar chino, sino que utilizan cada vez más sus sistemas digitales, tecnologías de comunicación y servicios inteligentes. Esta dependencia tecnológica crea gradualmente una forma de dependencia estratégica cuyos efectos a largo plazo son más duraderos que muchas alianzas militares.
Gobernanza global con características chinas
A diferencia de algunas grandes potencias, China habla menos de cambio de régimen o intervención directa en los asuntos internos de los estados. En cambio, enfatiza conceptos como soberanía nacional, no interferencia, desarrollo compartido y multilateralismo. Los críticos occidentales, sin embargo, sostienen que estos conceptos sirven en la práctica como cobertura para expandir la influencia geopolítica china.
No obstante, la realidad es que muchos países del Sur Global encuentran esta narrativa más atractiva que los modelos intervencionistas occidentales. Pekín, comprendiendo este entorno, ha lanzado iniciativas como la Iniciativa para el Desarrollo Global, la Iniciativa para la Seguridad Global y la Iniciativa para la Civilización Global para presentar una visión alternativa del futuro orden internacional.
En este modelo, la legitimidad internacional se define no sobre la base del liderazgo de una potencia única, sino a través de una red de cooperación económica, tecnológica e institucional. Aunque sigue existiendo una brecha significativa entre las ambiciones declaradas de China y los recursos asignados a ellas, la tendencia general indica que Pekín está realizando inversiones a largo plazo en la construcción de nuevas instituciones y reglas.
La batalla futura será sobre las reglas
La competencia principal entre China y Estados Unidos ya no trata meramente sobre el PIB o el número de portaaviones. La arena central de la competencia es la redacción de las futuras reglas globales. Cualquier país que defina estándares en inteligencia artificial, ciberseguridad, economía digital, tecnologías emergentes y gobernanza de datos obtendrá efectivamente una influencia más allá del poder militar.
En consecuencia, Pekín busca simultáneamente desarrollar tecnologías autóctonas y alentar a más países a adoptar infraestructura china. En respuesta, Estados Unidos intenta contener esta tendencia a través de restricciones a la exportación, alianzas tecnológicas e inversiones masivas en industrias avanzadas.
Esta competencia está empujando al mundo hacia una forma de bipolaridad tecnológica, en la que los estados se verán obligados a elegir entre diferentes estándares, infraestructuras y ecosistemas. Por esta razón, la tecnología se ha convertido en la arena más importante de la política de poder en el siglo XXI.
China está siguiendo un camino diferente al de las potencias clásicas en la construcción de un nuevo orden global. En lugar de consolidar la hegemonía mediante buques de guerra o campañas militares, Pekín busca alinear gradualmente las infraestructuras tecnológicas, las reglas de la economía digital, los estándares internacionales y las instituciones de gobernanza global con sus propios intereses. Por lo tanto, el futuro de la competencia entre grandes potencias se determinará menos en los campos de batalla y más en los laboratorios de inteligencia artificial, los centros de datos, los organismos de estandarización, las universidades y las redes digitales. El mundo está entrando en una era en la que el poder real no reside en el número de soldados, sino en la capacidad de escribir las reglas del juego. China ha comprendido esta realidad antes que muchos de sus competidores, y es precisamente por esta razón que ha comenzado a construir el nuevo orden desde el campo de la tecnología.
La traducción al español del texto en inglés ha sido realizada mediante inteligencia artificial. Agradeceremos que, en caso de detectar errores o imprecisiones, lo comunique al sitio web.


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