Farhad Samiei – Experto en asuntos estadounidenses
Creación de crisis o doctrina coherente?
En los últimos 18 meses, el proceso de retirada estadounidense de decenas de instituciones internacionales, hasta el lanzamiento de una guerra contra Irán, ha planteado la cuestión de si Washington está construyendo un nuevo orden o si solo está socavando el existente. A un lado de este debate se encuentra la narrativa de la «doctrina de la crisis», según la cual el orden basado en reglas que había perdurado durante unos ochenta años está llegando a su fin, y su reemplazo no es una nueva estructura sino el caos como instrumento de la política exterior estadounidense. La retirada de 66 organizaciones internacionales, el cierre de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y los recortes presupuestarios de algunos órganos de la ONU también se interpretan en este marco.
Al otro lado, la narrativa de la «doctrina Trump» intenta atribuir una lógica estratégica común a sus acciones, basada en la soberanía, la confrontación con China, el reparto de cargas con los aliados y una revisión del papel de Estados Unidos en el mundo. La diferencia entre estas dos narrativas se resume en la cuestión de si el comportamiento de Trump es un conjunto de decisiones ad hoc y contradictorias o si está regido por un patrón coherente.
El enfoque transaccional y a veces contradictorio de Trump ha reforzado la percepción de que su «doctrina» no es más que la crisis; sin embargo, patrones recurrentes en su política exterior también indican que el comportamiento de Washington no puede ser descartado como meramente aleatorio. El hilo conductor entre estas dos narrativas es que la política exterior estadounidense ha introducido un nivel de incertidumbre e imprevisibilidad sin precedentes en el sistema internacional.
Groenlandia; de la retórica a la acción
El caso de Groenlandia es un ejemplo claro para medir la brecha entre los objetivos declarados, los instrumentos y los resultados de la política exterior de Trump. En marzo de 2025, Trump prometió a los ciudadanos groenlandeses miles de millones de dólares en inversión para crear empleos y riqueza, al tiempo que amenazaba a los países europeos opuestos al control estadounidense sobre Groenlandia con aranceles del 10 al 25 %. Este enfoque puede considerarse como parte de un patrón de «negociación coercitiva», en el que los aranceles económicos se transforman en una palanca política.
Sin embargo, los resultados de este enfoque divergieron de la narrativa declarada. El crecimiento económico de Dinamarca desde antes de la pandemia de COVID-19 ha, en general, superado al de Estados Unidos; por lo tanto, el país que Trump pretendía enriquecer anexando Groenlandia a Estados Unidos ha tenido un desempeño económico más favorable que el de Estados Unidos. La amenaza de usar la fuerza para apoderarse de Groenlandia también provocó una fuerte reacción de los aliados europeos y, en lugar de generar confianza, aumentó las preocupaciones sobre las políticas de Washington. Trump finalmente retrocedió ante la amenaza de usar la fuerza militar en el Foro Económico Mundial de Davos. Este patrón – amenazas agresivas, reacciones negativas y luego retirada táctica – se ha repetido en varios casos.
Los aliados; de la asociación a la dependencia
La redefinición de la relación de Estados Unidos con sus aliados ha sido un tema constante de la política exterior de Trump. Sus documentos estratégicos enfatizan la «asociación, no la dependencia» y el fin de la aceptación automática del apoyo estadounidense. La nueva estrategia de defensa nacional también insta a los aliados a tomar el control de su propia seguridad y prioriza la defensa del territorio estadounidense y la contención de China. Este enfoque es coherente con una doctrina en la que Estados Unidos se distancia del papel de policía global y busca compartir la carga de seguridad con los aliados.
Sin embargo, la consecuencia práctica de esta política no ha sido necesariamente el fortalecimiento de las alianzas. Los aliados tradicionales de Estados Unidos han llegado a la conclusión de que la política exterior de Washington ya no garantiza su apoyo incondicional y, en consecuencia, están redefiniendo sus estrategias de seguridad. La retirada estadounidense de las instituciones internacionales y el debilitamiento de los marcos multilaterales también han impulsado a los países más pequeños y medianos a aumentar la cobertura de riesgos, armarse y tomar decisiones independientes.
La guerra contra Irán; de la narrativa a la realidad sobre el terreno
La guerra contra Irán es también uno de los campos de prueba más importantes para la política exterior de Trump. Fox News, meses antes del ataque, promovió la narrativa de que si Estados Unidos no confrontaba de manera decisiva a los líderes iraníes, Irán adquiriría armas nucleares. Después de que comenzara la guerra, la cadena también apoyó su continuación enfatizando los éxitos militares y la promesa de un inminente colapso de Irán. Laura Ingraham también calificó la oposición a la guerra como «antiamericana», reduciendo el debate a un binomio bien-mal.
Sin embargo, la realidad sobre el terreno divergió de esta narrativa. El objetivo principal de la guerra, a saber, el derrocamiento del régimen iraní, no se logró, mientras que al mismo tiempo, las reservas estratégicas de petróleo y una parte de los sistemas de defensa antimisiles estadounidenses se agotaron severamente. Esta brecha entre la narrativa mediática y los resultados de la guerra indica que la política exterior de Trump enfrenta limitaciones estructurales en la práctica. En consecuencia, Trump ni controla plenamente la situación ni ha perdido el control de ella, sino que toma decisiones en un entorno de incertidumbre perpetua.
¿Una doctrina emergente o un caos sostenido?
La respuesta a la dicotomía entre «doctrina de la crisis» y «doctrina coherente» debe buscarse en la combinación de estas dos narrativas. Por un lado, la política exterior de Trump presenta patrones recurrentes como el énfasis en la soberanía, la negociación coercitiva, la reducción de compromisos con los aliados y la priorización de la competencia con China; pero por otro lado, estos patrones carecen de la coherencia estratégica de una doctrina clásica y a menudo van acompañados de decisiones tácticas contradictorias, retiradas repentinas y una brecha entre la retórica y la acción. Por lo tanto, Trump no es ni un estratega con una hoja de ruta completamente clara ni un mero agente del caos.
Los compromisos de seguridad estadounidenses con los aliados, la retirada de algunas instituciones internacionales y el mayor enfoque de Washington en la competencia con China podrían reducir algunas de las presiones indirectas sobre Irán; sin embargo, el enfoque basado en la negociación coercitiva y las amenazas militares impredecibles complica los cálculos estratégicos de Teherán.
Más importante aún, la redefinición del papel de Estados Unidos en el mundo, ya sea llamada «doctrina» o «crisis», implica el debilitamiento de un orden en el que los países conocían hasta cierto punto las reglas del juego. El orden que se está formando aún carece de reglas claras y establecidas y de mecanismos de interacción entre las grandes potencias y las potencias emergentes. En tales circunstancias, la capacidad de los países para adaptarse al nuevo entorno, mantener su autonomía estratégica y aprovechar las oportunidades derivadas de la redistribución del poder requerirá más que nunca un cálculo preciso y una perspicacia estratégica.
La traducción al español del texto en inglés ha sido realizada mediante inteligencia artificial. Agradeceremos que, en caso de detectar errores o imprecisiones, lo comunique al sitio web.


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