Hamed Vafaei – profesor de estudios sobre China, Universidad de Teherán
La reciente ola de visitas de funcionarios occidentales (especialmente europeos) a Pekín – Emmanuel Macron (diciembre de 2025), Micheál Martin (Irlanda, enero de 2026), Keir Starmer (Reino Unido, enero de 2026), Petteri Orpo (Finlandia, enero de 2026), y la prevista próxima visita de Friedrich Merz (Alemania, febrero de 2026) – puede interpretarse en gran medida como una reacción táctica a las recientes acciones de Trump hacia Europa más que como un cambio estratégico sostenible en la percepción de estos países respecto de China.
En cuanto al clima actual de las relaciones Europa–China, puede afirmarse que, con el regreso de la política agresiva de Trump, incluida la imposición de amplios aranceles, la amenaza de aranceles del 100 por ciento contra Canadá y el Reino Unido en caso de que estos países alcancen acuerdos con China, así como la presión sobre Europa para una alineación total en materia de seguridad y economía con los Estados Unidos, muchos gobiernos europeos han concluido que su dependencia excesiva de los Estados Unidos se ha convertido en un riesgo estratégico para ellos.
Por otra parte, parece que la Unión Europea, tras el relativo fracaso de sus esfuerzos por fortalecer sus relaciones con Pekín en 2025, particularmente después de que China endureciera las restricciones a la exportación de elementos minerales raros en el otoño de 2025, se ha inclinado ahora hacia una estrategia de gestión de riesgos manteniendo abiertos los canales de compromiso.
En tal entorno, China, como principal objetivo de la política agresiva de los Estados Unidos, ha capitalizado precisamente esta vulnerabilidad de las partes europeas y, al invitar a líderes europeos y acompañar a sus grandes delegaciones comerciales, transmite simultáneamente dos mensajes a Washington y a las capitales europeas: primero, señala a los Estados Unidos que, en caso de un agravamiento de la guerra comercial y tecnológica con Washington, Pekín posee la capacidad de ofrecer sustitución en determinadas áreas significativas aprovechando la capacidad de Europa; y advierte a Europa que, si entra en una guerra comercial bilateral con Washington, China puede ser un socio fiable para compensar las posibles brechas que puedan enfrentar.
La perspectiva estratégica de Pekín hacia la Unión Europea
En tales condiciones, también parece necesario examinar la perspectiva estratégica de Pekín hacia la Unión Europea; desde la perspectiva de Xi Jinping, líder de China, y del aparato diplomático del país, la Unión Europea posee tres características clave:
Es el mayor mercado de consumo del mundo después de China, proporcionando una capacidad vital para compensar la saturación del mercado interno de China en caso de reducción de las exportaciones hacia los Estados Unidos.
Es uno de los polos de la tecnología global y de establecimiento de normas, particularmente en los ámbitos de la energía verde, las tecnologías digitales y los vehículos eléctricos, donde China todavía requiere normas europeas en determinadas cadenas de valor relacionadas con estos sectores.
Es el eslabón más débil en la cadena de la alianza occidental, lo que significa que no solo carece de un ejército unificado, sino que también sufre de la ausencia de una voluntad política unificada y posee profundas divisiones en los ámbitos Norte–Sur y Este–Oeste.
En consecuencia, la estrategia de Pekín hacia Europa siempre ha sido una combinación de estrategias duras y blandas. Mientras ofrece importantes incentivos comerciales a países europeos pragmáticos, incluidos España, Italia, Irlanda, Hungría y Serbia, Pekín ha ejercido una forma de presión dirigida y plenamente gestionada sobre países como Lituania, la República Checa, Suecia y, en cierta medida, Alemania y Francia.
Como indican las recientes posiciones de los funcionarios chinos, Pekín en 2026 está intensificando esta estrategia y busca dividir a Europa en tres campamentos distintos:
– El campamento pragmático y orientado al comercio (Irlanda, España, Italia, Austria, Hungría)
– El campamento dubitativo y equilibrador (Alemania, Francia, los Países Bajos)
– El campamento orientado a valores y seguridad (los Estados bálticos, Polonia y, en cierta medida, los países escandinavos)
Entretanto, parece que la Unión Europea continúa analizando a China como un actor caracterizado por tres rasgos: asociación, competencia y rivalidad sistémica. El concepto de asociación incluye cuestiones climáticas, energías renovables y determinadas cadenas de suministro, incluidas las de baterías y paneles solares. Sus ámbitos competitivos se concentran en las industrias verdes, los vehículos eléctricos y las tecnologías digitales. El concepto de rivalidad sistémica se refiere en gran medida al apoyo indirecto de Pekín a Moscú en la guerra de Ucrania, al control sobre la exportación de artículos estratégicos y a la influencia sobre la infraestructura crítica de Europa, en el contexto de la competencia y las ecuaciones de las grandes potencias en el sistema internacional.
Sin embargo, desde finales de 2025, y particularmente tras la intensificación de la guerra comercial de Trump, parece que la priorización de los países europeos, incluso a niveles tácticos, ha cambiado, sobre la base de que estos países carecen de la capacidad de confrontar simultáneamente a los Estados Unidos y a China; por lo tanto, muchas capitales europeas creen ahora que una guerra comercial bilateral con Pekín, concurrente con la escalada de las tensiones en curso con Washington, sería en la práctica insoportable para la frágil economía de Europa. Por esta razón, incluso figuras previamente de línea dura como von der Leyen adoptaron un tono más moderado respecto de China en la reunión de Davos de 2026 e incluso hablaron de la posibilidad de “ampliar el comercio y la inversión con Pekín”.
En cuanto al futuro de las relaciones China–Unión Europea, son concebibles tres escenarios: un escenario de compromiso gestionado y volátil; un escenario pesimista que implica una escalada de las tensiones bilaterales con China simultáneamente con las presiones estadounidenses; y finalmente un escenario optimista que implica la posibilidad de alcanzar un acuerdo mínimo con ambas partes.
En consecuencia, si la situación actual continúa, el comercio de Europa con China persistirá en niveles elevados, pero enfrentará obstáculos crecientes. Los diálogos regulares de alto nivel entre ambas partes, por supuesto, continuarán sin avances perceptibles, y el uso instrumental de China por parte de los europeos para contrarrestar la presión estadounidense permanecerá en la agenda.
En este contexto, el primer escenario se basa en el principio de que las relaciones entre las partes ni se calentarán ni alcanzarán una ruptura completa; sin embargo, en el segundo escenario, si Pekín intensifica el uso de la herramienta de restricción de minerales raros en sus interacciones con Europa o hace más explícito su apoyo a Rusia, mientras que Trump impone simultáneamente fuertes aranceles sobre los bienes europeos, Europa se verá obligada a tomar una decisión difícil, que probablemente implicará una mayor inclinación hacia Washington al costo de perder valores europeos y asumir otros costos elevados, incluidos la recesión económica y la inflación en el sector energético.
En el tercer escenario, que abarca un entorno más optimista, se colocará en la agenda la consecución de un acuerdo temporal en los ámbitos de los minerales raros, los vehículos eléctricos y determinadas normas verdes, acompañada de una reducción de las tensiones en Ucrania, lo que permitirá a Pekín desempeñar el papel de “mediador responsable” en estas ecuaciones internacionales. La realización de este escenario requiere naturalmente una flexibilidad considerable por parte de ambas partes, lo que, dado el desempeño radical de Washington en todos los ámbitos, especialmente durante la era Trump, no parece altamente probable.
En general, parece que las relaciones China–UE en 2026–2027 pueden asemejarse a “relaciones cautelosas entre dos socios comerciales en condiciones previas a la crisis”, más que a una alianza estratégica o a una confrontación total.
Hoy, aunque Europa necesita a China para mitigar los golpes de Washington, todavía no confía en Pekín; por otro lado, China también necesita a Europa para evitar un mayor aislamiento frente a los Estados Unidos, pero en la práctica no percibe dentro de sí misma la voluntad de cambiar su comportamiento para satisfacer plenamente las expectativas europeas. El resultado de esta contradicción es la formación de relaciones llenas de tensiones controladas, acuerdos tácticos de corto plazo y esfuerzos continuos por preservar opciones diversas; un entorno que Pekín ha denominado “multipolaridad ordenada e igualitaria”, y que Bruselas denomina una “estrategia de equilibrio de riesgos”.
La traducción al español del texto en inglés ha sido realizada mediante inteligencia artificial. Agradeceremos que, en caso de detectar errores o imprecisiones, lo comunique al sitio web.


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