Indicadores para elegir entre guerra y diplomacia

SCFR Online - Opinión: El análisis de la política exterior es válido cuando evalúa las decisiones basándose en la información y las circunstancias imperantes en el momento en que se tomaron, y no sobre la base de los resultados que solo se hacen evidentes después de que la crisis ha terminado.

Elaheh Sadat Mousavinejad – Experta en relaciones internacionales

Cada guerra se narra dos veces: una vez en el campo de batalla y una vez en la memoria política. La segunda narrativa suele ser más peligrosa, porque en ella la realidad da paso gradualmente a la ilusión de que el resultado final era claro, inevitable y obvio desde el principio. Aquellos que hablaron con cautela en medio de una crisis hablan con certeza después de su fin, y aquellos que entendieron las limitaciones de la toma de decisiones son reemplazados por quienes reconstruyen el pasado con un conocimiento que solo está disponible hoy. El error fundamental de los análisis de posguerra reside precisamente aquí: equiparar la racionalidad de una decisión con su resultado final.

El error fundamental de equiparar racionalidad y resultado
En política exterior, los Estados nunca deciden con información completa, un horizonte claro y opciones de bajo costo. Se ven obligados a elegir, en condiciones de incertidumbre, entre opciones imperfectas, riesgosas y a veces irreversibles. Por lo tanto, la pregunta analítica correcta no es si las negociaciones finalmente tuvieron éxito o si la guerra condujo a la victoria; la pregunta correcta es qué opción tenía la mayor utilidad esperada, dada la información disponible en ese momento particular. El fracaso de un camino no prueba, por sí mismo, que elegirlo fuera irracional desde el principio; para probar esta afirmación, hay que demostrar que, en ese momento, con esa misma información limitada, la opción alternativa tenía una mejor perspectiva. Esta distinción es quizás el principio olvidado más importante en el análisis de la política exterior iraní.

Una parte significativa de las críticas dirigidas a la política de negociación se basa en la simple suposición de que los negociadores creían que se podía llegar a un acuerdo estable, fiable y basado en la confianza con Estados Unidos. Si esta suposición era errónea desde el principio, gran parte de esas críticas también se derrumba. La cuestión principal no es si los responsables de la toma de decisiones eran optimistas acerca de un compromiso final; la cuestión es si la negociación, incluso con una baja probabilidad de éxito, tenía una función estratégica en ese momento.

La función oculta de la negociación
En la lógica realista de la política internacional, la negociación no es necesariamente una herramienta para resolver disputas; a menudo es una herramienta para su gestión temporal. Los Estados negocian para ganar tiempo, contener presiones, reducir la probabilidad de una escalada de la crisis y obtener una oportunidad para reconstruir sus capacidades internas. En este sentido, la negociación no es ni un signo de confianza ni una indicación de ingenuidad; la negociación en sí misma es una forma de ejercer el poder en condiciones de incertidumbre.

Si los responsables de la toma de decisiones iraníes evaluaron desde el principio que la probabilidad de un acuerdo integral era baja, pero al mismo tiempo estimaron que entablar negociaciones podía reducir la intensidad de las presiones inmediatas, limitar la posibilidad de una expansión de la guerra, proteger la economía de nuevos shocks, ofrecer una oportunidad para reparar infraestructuras y prevenir la formación de nuevas coaliciones contra Irán, entonces el valor de la negociación no debería medirse únicamente por la firma de un acuerdo; su valor debería medirse por su función estratégica.

El argumento común «Mira, las negociaciones fracasaron y la guerra estalló de nuevo» no es por sí mismo determinante. El fracaso final de las negociaciones solo puede probar la incorrección de la elección original de negociar si los críticos pueden demostrar que la opción alternativa – es decir, continuar la guerra, intensificar la confrontación o abandonar cualquier canal diplomático – tenía una utilidad esperada más alta en ese momento. Este es precisamente el punto que muchos juicios ex post facto pasan por alto sin abordarlo realmente.

Predecir el fracaso de las negociaciones es más fácil que probar la superioridad de la opción alternativa. La pregunta difícil no es si el pesimismo hacia la otra parte estaba justificado; la pregunta difícil es si continuar la guerra, considerando todos sus costos, riesgos y consecuencias secundarias, era la mejor opción. Muchos análisis se derrumban precisamente en este punto, porque en lugar de una comparación genuina de opciones, simplemente utilizan el resultado final para legitimar una preferencia preexistente.

¿Continuar la guerra o la diplomacia?
Continuar la guerra no significa simplemente la continuación del compromiso militar. La guerra, cuanto más dura, también transforma el entorno estratégico, y cada día adicional crea nuevos costos no solo para un bando, sino para todos los actores. Si el alcance del conflicto se extendiera a los países árabes del Golfo Pérsico, las bases estadounidenses o la seguridad energética global, los cálculos de los gobiernos regionales también cambiarían gradualmente. Actores que pueden haber preferido mantener su distancia al comienzo de la crisis, ante una amenaza directa a sus intereses, podrían ser impulsados hacia una cooperación de seguridad más amplia con Estados Unidos. En la política internacional, las coaliciones son más un producto de la percepción compartida de la amenaza que de la amistad.

Simultáneamente, el régimen sionista encontraría una mayor oportunidad en una guerra de desgaste para la adaptación táctica, la reconstrucción de capacidades, el ataque a las redes aliadas de Irán y el beneficio del apoyo externo. El tiempo, contrariamente a la creencia popular, no siempre favorece al bando que resiste; a veces el tiempo sirve igualmente al bando que posee cohesión institucional, tecnología más avanzada, mayor acceso a apoyo externo y mayor capacidad para avanzar en objetivos operativos.

Se podría plantear la objeción de que la negociación también da tiempo a la otra parte. ¿No ofrece la diplomacia, especialmente cuando fracasa en llegar a un resultado final, simplemente una oportunidad al rival para recuperarse y prepararse mejor? Esta es una objeción seria y no debe pasarse por alto, pero la respuesta analítica no es negar el problema, sino comparar las opciones. Si ambos caminos – la negociación y la continuación de la guerra – daban tiempo a la otra parte, entonces la pregunta decisiva es qué camino implicaba menores costos para Irán, creaba más flexibilidad, mantenía el alcance del riesgo más limitado y ofrecía una mayor oportunidad para reconstruir las capacidades internas. La racionalidad estratégica en tales situaciones se logra no eliminando los costos por completo, sino eligiendo el menor costo.

La ilusión de la disuasión absoluta y las limitaciones del estrecho de Ormuz
La misma lógica se aplica a la disuasión. En la esfera política, a veces se supone que la continuación de la guerra podría haber producido una disuasión más decisiva y sostenible; pero la disuasión no es un activo fijo que se adquiere una vez en el campo de batalla y se preserva para siempre. La disuasión es el resultado de un equilibrio en constante cambio entre la capacidad militar, la capacidad económica, la cohesión política, la innovación tecnológica, la credibilidad de las amenazas y la percepción del adversario de esta combinación de factores. Incluso la victoria en una guerra no garantiza que el mismo nivel de disuasión permanezca intacto unos años después. La experiencia internacional ha demostrado repetidamente que ningún éxito militar produce seguridad permanente.

Por lo tanto, la pregunta correcta no es si la continuación de la guerra podría haber producido una mayor disuasión; la pregunta correcta es si el aumento potencial de la disuasión valía los costos adicionales, los riesgos colaterales y los cambios adversos en el entorno estratégico. Esta distinción es importante, porque en muchos debates políticos la disuasión se presenta no como una variable dependiente del costo y el tiempo, sino como un logro absoluto y autosuficiente.

La misma consideración se aplica al estrecho de Ormuz. A veces se sugiere que Irán podría haber alterado fundamentalmente la ecuación de la guerra bloqueando completamente esta vía fluvial. Pero existe una diferencia fundamental entre la capacidad de perturbar y la capacidad de lograr un cierre completo, sostenible y de bajo costo. Más importante aún, cualquier perturbación a gran escala del tráfico marítimo afectaría no solo a la economía global, sino también al propio comercio de Irán, sus exportaciones, sus costos de seguro, sus relaciones regionales y su posición diplomática. Un aumento de los precios mundiales del petróleo no equivale necesariamente a un aumento del poder de negociación; si las rutas de exportación, el transporte marítimo y las relaciones financieras están simultáneamente restringidos, el aumento de los precios podría, en lugar de crear una ventaja, convertirse en un factor de intensificación de la presión internacional y de aceleración de la convergencia contra Irán. El punto principal no es negar la capacidad de perturbar, sino evitar transformar una posibilidad táctica en un resultado estratégico definitivo. La brecha entre «capacidad de perturbar» y «capacidad de imponer un resultado favorable» es precisamente la brecha que muchas narrativas ex post facto ignoran.

En última instancia, la principal fractura en la política exterior iraní no debe buscarse entre «resistencia» y «negociación». Estos dos conceptos, en muchos casos, no son estrategias contradictorias en sí mismas, sino herramientas complementarias. La verdadera fractura se sitúa entre dos formas de ver la política internacional: una visión mide el éxito en acertar las predicciones; la otra lo mide por la calidad del cálculo realizado antes de que el resultado se vuelva claro. La primera visión, después de cualquier crisis, puede decir cómodamente «era obvio desde el principio», pero la segunda plantea una pregunta más difícil: si las mismas circunstancias se repitieran, con la misma información incompleta, las mismas limitaciones de tiempo y el mismo horizonte ambiguo, ¿se tomaría la misma decisión de nuevo? Esta pregunta es el verdadero criterio de la racionalidad estratégica.

Los Estados deciden no con certeza sino con probabilidad; no entre opciones buenas y malas, sino entre opciones costosas y menos costosas; no en un mundo donde el futuro es claro, sino en un mundo donde cada elección es una forma de apuesta calculada sobre el futuro. El arte de la política exterior, además de predecir el futuro, es gestionar la incertidumbre. El valor de una estrategia no debe medirse únicamente por el número de predicciones correctas, sino por la calidad del cálculo realizado antes de que el resultado se vuelva aparente. La frontera entre el análisis estratégico y el juicio ex post facto reside precisamente aquí. Cuanto más se ignora esta frontera, más la política se vuelve cautiva de la narrativa y menos se beneficia del cálculo. A raíz de cualquier conflicto, la cuestión principal no es la paz; la cuestión principal es el cálculo.


La traducción al español del texto en inglés ha sido realizada mediante inteligencia artificial. Agradeceremos que, en caso de detectar errores o imprecisiones, lo comunique al sitio web.

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