Hamed Khosroshahi – Investigador de asuntos del Cáucaso Meridional
El gobierno de Pashinián intenta presentar esta evaluación como meramente técnica, asegurando que no se modificarán las líneas rojas de Ereván: soberanía nacional, control aduanero y rechazo del término “corredor”. No obstante, la sola mención de esta idea ha movilizado tanto a críticos internos como a actores externos, revelando que Zangzur ya no es solo un expediente bilateral entre Bakú y Ereván, sino una prueba para redefinir la influencia de Estados Unidos, Turquía, Rusia, Irán e incluso China en el corazón del Cáucaso Meridional.
Desde una perspectiva oficial, el gabinete de Pashinián sigue considerando el proyecto Zangzur como parte de la iniciativa «Cruce de la Paz»: reapertura de carreteras y ferrocarriles bajo las leyes de Armenia, con un régimen de tránsito facilitado, pero no sin pasaporte. Las autoridades afirman claramente que ninguna parte del territorio armenio será cedida a un gobierno o contratista extranjero, y el uso del término «corredor», que en el discurso de Bakú y Ankara implica una ruta transfronteriza sin control armenio, es inaceptable. Esta postura se ha reforzado en las últimas semanas, ya que China, tras la visita de una delegación del Partido Comunista al Cáucaso, respaldó públicamente la integridad territorial de Armenia, elevando así el costo político de cualquier corredor sin soberanía.
No obstante, los informes de los medios de comunicación, incluyendo los medios azerbaiyanos, armenios y occidentales, presentan una historia diferente y coinciden en que la idea de entregar la gestión de la ruta a una empresa estadounidense se ha discutido desde el primer mandato de Trump y ha ganado nuevo impulso bajo la administración de Biden en la Casa Blanca. Un escenario que ofrecería garantías de seguridad a Bakú, acortaría la ruta Najicheván-Bakú y, al mismo tiempo, excluiría por completo a Rusia e Irán del proceso. Según los críticos, aunque el proyecto se denomine «gestión logística», en la práctica significará un paso donde las fuerzas fronterizas armenias no tendrán control efectivo, y el Estado perderá gran parte de su autoridad sobre el tráfico y los aranceles, algo que en el ámbito político de Ereván se interpreta como «desintegración silenciosa» o «soberanía delegada».
La situación se vuelve más compleja ante la ola sin precedentes de tensiones entre Rusia y Azerbaiyán. El derribo de un avión azerbaiyano por parte de Rusia, el asesinato de dos ciudadanos azerbaiyanos en Ekaterimburgo a manos de las fuerzas de seguridad rusas, el ataque a la oficina de Sputnik en Bakú y la cancelación de todos los eventos culturales bilaterales han creado un vacío en el papel tradicional del Kremlin como garante fronterizo. Bakú probablemente ve este vacío como una oportunidad para proponer un modelo supervisado por un «tercero neutral», esta vez occidental y no ruso. Para Washington, instalar una empresa logística estadounidense en un cruce este-oeste, justo donde convergen la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China y los corredores de Irán y Rusia, sería un logro geopolítico.
A pesar del revuelo, tres obstáculos importantes persisten. Primero, la ley de tierras de Armenia no permite el arrendamiento a largo plazo de terrenos no agrícolas a extranjeros; cualquier concesión operativa debe ser aprobada por el parlamento, donde la oposición ya ha mostrado su rechazo. Segundo, la línea roja de Teherán en la frontera de 44 km entre Irán y Armenia. Irán no solo rechaza el término «corredor de Zangzur», sino que durante el año pasado demostró su oposición mediante ejercicios militares en el río Aras y acelerando el proyecto alternativo del «corredor del Aras». Tercero, la incertidumbre en Moscú; el Kremlin sabe que quedar fuera del proceso de supervisión significaría la pérdida de su último instrumento tradicional en el Cáucaso, y difícilmente cederá sin resistencia, al menos en los ámbitos diplomáticos y económicos.
Por lo tanto, la declaración del viceministro armenio debe interpretarse como un «globo de ensayo»: una prueba para medir reacciones del público local, de Teherán, Moscú y Pekín, y al mismo tiempo enviar el mensaje a Bakú de que Ereván puede romper el estancamiento con propuestas comerciales. Pero mientras el parlamento armenio no desbloquee las restricciones legales, Irán no ceda en su línea roja fronteriza y Rusia mantenga, al menos en papel, su rol de supervisor, la gestión extranjera —ya sea por cien o cincuenta años— seguirá siendo más una herramienta de negociación que un proyecto listo para ejecutarse.
Zangzur, con o sin una empresa logística estadounidense, seguirá siendo una prueba para definir el futuro de las soberanías en la era de los corredores transfronterizos, cuyo desenlace afectará tanto a Teherán, Moscú, Ankara y Washington como a Ereván y Bakú.


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