Dr. Kamran Karami – Investigador de Asuntos del Golfo Pérsico
La realidad es que la cooperación en materia de seguridad entre la OTAN y los Estados árabes del Golfo Pérsico cuenta con una trayectoria de casi dos décadas, impulsada formalmente desde 2008 en el marco de la “Iniciativa de Cooperación de Estambul”. Qatar, Baréin, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos han cooperado con la OTAN durante estos años en ámbitos como la formación militar, la ciberseguridad, el intercambio de información, la lucha contra el terrorismo y la protección de infraestructuras críticas. Desde esta perspectiva, la presencia de estos países en la reciente cumbre de la OTAN representa menos la formación de una nueva alianza de seguridad que un esfuerzo por redefinir y actualizar una cooperación existente bajo nuevas condiciones regionales, un esfuerzo que, sin embargo, se enfrentará a una perspectiva ambigua y cuestionable.
Los acontecimientos de los últimos dos años —en particular la guerra de Estados Unidos y del régimen sionista contra Irán y las consecuencias de seguridad derivadas de ella— constituyen la variable más importante que influye en esta reevaluación de la seguridad. Los ataques recíprocos, la expansión de la guerra con drones y misiles, y la vulnerabilidad de las infraestructuras energéticas y de los corredores marítimos en el Golfo Pérsico han enfrentado a los gobiernos árabes de la región a una nueva realidad: que el paraguas de seguridad estadounidense ya no posee la eficacia y la certeza que tenía anteriormente. Los ataques contra instalaciones petroleras, las amenazas a las rutas marítimas y las preocupaciones por la expansión del conflicto hacia zonas más profundas del Golfo Pérsico han impulsado a los países del Consejo de Cooperación del Golfo a avanzar hacia una forma de cobertura de riesgos de seguridad, lo que significa que, además de mantener sus relaciones tradicionales con Washington, buscan diversificar sus socios de seguridad y fortalecer sus propias capacidades de disuasión.
En este marco, la ampliación de la cooperación con la OTAN debe entenderse como parte de una estrategia para gestionar las incertidumbres, y no como un paso previo a la adhesión a un pacto integral de defensa contra Irán. Los dirigentes de los Estados árabes del Golfo Pérsico son plenamente conscientes de que las guerras futuras dependerán menos de la confrontación militar clásica y más de la guerra híbrida, los ciberataques, los misiles de precisión y los drones. En consecuencia, su atención se ha desplazado hacia la adquisición de sistemas de alerta temprana, tecnologías de defensa aérea, capacidades de ciberseguridad y coordinación de inteligencia. Estos países intentan esencialmente reducir los costes de su vulnerabilidad sin entrar en una confrontación regional directa y costosa.
Sin embargo, un punto importante es que la redefinición de las estructuras de seguridad en el Golfo Pérsico no implica necesariamente cerrar el camino al diálogo con Irán. La experiencia de los últimos años ha demostrado que, incluso en el punto más alto de las tensiones regionales, los gobiernos árabes han procurado constantemente mantener sus canales de comunicación con Teherán. El acuerdo entre Irán y Arabia Saudita mediado por China y los diálogos en curso con Qatar y Omán indican que el modelo de seguridad preferido en el Golfo Pérsico se centra menos en la confrontación absoluta y más en la gestión de tensiones y la prevención de una inestabilidad generalizada.
En este sentido, son significativos los enfoques diferentes de Arabia Saudita y Omán en comparación con algunos otros miembros del CCG. Riad y Mascate han preferido mantener una distancia clara respecto de cualquier marco de seguridad abiertamente antiiraní. Arabia Saudita, particularmente tras la experiencia del ataque a las instalaciones de Aramco en 2019, ha llegado a la conclusión de que la seguridad sostenible en el Golfo Pérsico no se logra únicamente mediante alianzas externas, sino que requiere una forma de equilibrio entre disuasión y diplomacia regional. Omán continúa enfatizando su larga tradición de mediación y mantenimiento del equilibrio en las relaciones regionales.
Por lo tanto, lo que está tomando forma hoy no es un bloque de seguridad rígido que recuerde a la era de la Guerra Fría, sino más bien una modalidad de arreglo de seguridad fluido y multinivel en el Golfo Pérsico. Los países del CCG buscan, por un lado, mejorar sus capacidades defensivas y cubrirse frente a los riesgos derivados de las crisis regionales y, por otro, impedir que el Golfo Pérsico se convierta en un escenario de confrontación total entre Irán y Estados Unidos. Dicho de otro modo, estos países buscan establecer un equilibrio entre la seguridad dura y la diplomacia regional.
En tales circunstancias, el futuro de la seguridad del Golfo Pérsico dependerá más que nunca de la capacidad de los actores regionales para gestionar las tensiones. Aunque la cooperación con la OTAN y con potencias extrarregionales puede compensar ciertas carencias de seguridad existentes, las realidades geopolíticas de la región indican que no surgirá ningún mecanismo de seguridad sostenible y fiable sin la participación y el diálogo de Irán. En consecuencia, el proceso actual debe entenderse como compuesto por dos vías paralelas: en primer lugar, los esfuerzos para fortalecer la disuasión y reducir la vulnerabilidad; y, en segundo lugar, el mantenimiento de canales diplomáticos para evitar que la región entre en un ciclo de tensiones incontrolables.
La traducción al español del texto en inglés ha sido realizada mediante inteligencia artificial. Agradeceremos que, en caso de detectar errores o imprecisiones, lo comunique al sitio web.


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