Morteza Makki – Experto en asuntos europeos
En su reunión con Zelenskyy, aunque Trump habló de un «fin inmediato de la guerra», se abstuvo de asumir un compromiso específico respecto al envío de misiles Tomahawk de largo alcance. Llamó a estas armas una «opción abierta» y enfatizó que su uso podría conducir a una «escalada peligrosa del conflicto». Zelenskyy intentó atraer a Washington hacia una postura más activa durante esta reunión, pero Trump, al proponer el lema «detenerse donde están», enfatizó efectivamente una especie de alto el fuego sin determinar el estatus de las fronteras; un plan que, en la práctica, significa aceptar la situación actual y consolidar las ganancias sobre el terreno de Rusia. Para Ucrania, tal acuerdo significaría retroceder en sus demandas maximalistas y aceptar una forma de paz impuesta.
Fuentes cercanas a la Casa Blanca indican que Trump, en su conversación telefónica con Putin, subrayó la «necesidad de detener el derramamiento de sangre» y pidió al presidente ruso estar preparado para un «acuerdo integral». Putin, al tiempo que advertía contra el envío de Tomahawks a Ucrania, declaró que Rusia aún no ha abandonado la vía diplomática. A primera vista, esta posición podría ser señal de la disposición cautelosa de ambas partes a negociar, pero en realidad refleja un doble cálculo. Moscú aún mantiene la ventaja en el terreno y utiliza las negociaciones para ganar tiempo, mientras Washington intenta forzar al Kremlin a hacer concesiones políticas mediante presión psicológica y amenazas militares.
En Washington, algunos analistas consideran que Trump busca una especie de «paz Trump», un acuerdo rápido y propagandístico que declare el fin de la guerra sin resolver realmente el conflicto. En tal escenario, podría ignorar las demandas de Zelenskyy e incluso las de los aliados europeos y aceptar un acuerdo que materialice los intereses maximalistas de Rusia. Desde la perspectiva europea, esta es precisamente la pesadilla que podría provocar una grieta en la alianza transatlántica. Pero detrás de todos estos acontecimientos yace una realidad oculta. La economía rusa ha sido dañada por la continuación de la guerra y las sanciones occidentales, pero aún está lejos del colapso. Apoyándose en los ingresos petroleros, el apoyo de China y rutas paralelas en el comercio internacional, Putin ha logrado mantener la estructura económica a flote. Sin embargo, si las presiones continúan, el Kremlin podría inclinarse hacia un compromiso limitado para reducir costos y centrarse en la reconstrucción interna.
Mientras tanto, Europa teme que el nuevo proceso, en ausencia de una participación efectiva de la Unión, conduzca a una decisión puramente estadounidense-rusa. Si Washington llega a un acuerdo bilateral sin consultar a Bruselas, podría abrir la puerta a una nueva fractura en las relaciones transatlánticas. Tal fractura no solo debilitaría la cohesión occidental frente a Rusia, sino que también pondría en duda los cálculos de seguridad dentro de la OTAN.
En resumen, el viaje de Zelenskyy a Estados Unidos y la llamada de Trump a Putin deben considerarse como las dos caras de la misma moneda. Washington está probando simultáneamente las opciones de presión y negociación, mientras que Moscú busca ganar tiempo a través del diálogo para consolidar su posición sobre el terreno. Mientras tanto, Ucrania y Europa se encuentran en una posición en la que su futuro está más que nunca ligado a las decisiones tomadas a puerta cerrada en la Casa Blanca y el Kremlin. La guerra en Europa del Este se ha convertido en un espejo del futuro del orden internacional, uno en el que las alianzas son más débiles, los intereses nacionales más prominentes y Europa más marginada que nunca.
«La traducción al español del texto en inglés ha sido realizada mediante inteligencia artificial. Agradeceremos que, en caso de detectar errores o imprecisiones, lo comunique al sitio web.»


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